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El Cairo, el caos de la tristeza

El Cairo, el caos de la tristeza

En su periplo por el continente africano, la expedición hace escala en El Cairo, una ciudad repleta de tanques blindados y bellos tesoros que les deja una sensación mixta de alegría y tristeza.

Estábamos eufóricos y felices de por fin tocar tierra, de llegar a África. Estado que nos duró poco, muy poco. De pronto estábamos en el Puerto de Damietta rodeados de agentes y perros entrenados para oler miserias. Acompañamos a unos hombres a una nave aduanera donde nos informaron de que Egipto requería para la entrada de nuestro coche papeles que no llevábamos (carnet du passage). La solución era complicada, otro golpe a nuestra ruta que se encallaba de nuevo en este complicado universo de papel.

Entonces decidimos coger un taxi, ya que nuestro coche estaba precintado, al Cairo. Allí intentaríamos resolver nuestro problema, a 260 kilómetros de nuestra feliz entrada portuaria. En el camino aprendimos dos cosas: que en las carreteras se sobrevive y que Egipto es inmensamente más pobre de lo que habla su macroeconomía, la segunda en términos de PIB de todo el continente tras Sudáfrica (cifra que baja considerablemente en renta per capita).

La pirámide de Zoser.

Llegamos entonces al Cairo tras una ruta en la que la basura que recubre todo se acumula a los lados para fabricar los inexistentes arcenes de la carretera. La gran metrópoli, en la que viven cerca de 20 millones de personas, era un amasijo de hierro en el que retumban sus claxon. Había soñado con esta ciudad muchas veces por los libros de Naguig Mahfuz y todo aquel mágico universo de sus palabras era ahora sólo caos, suciedad y tristeza ante mis ojos.

El Cairo nos pareció triste en aquellas primeras jornadas. Nos alojamos en una pensión junto a la plaza de Tahrir donde aún quedan los restos de la batalla. Las alambradas de espino siguen rodeando la plaza por si vuelven allí los unos y los otros, que en aquel lugar en el que se derriban dictadores y gobiernos se resume y consume Egipto.

La necrópolis de Dahshur.

Comenzamos entonces a pelearnos con la apática urbe y nuestros sentimientos. Nunca vi tanto movimiento y tanto desconsuelo. La gente te habla en pasado de sus vidas y la esperanza comienza siempre en un ayer. No sé si son conscientes de que siempre nos hablaban en pasado del futuro. E íbamos al maravilloso Museo Egipcio y descubríamos un gran almacén con polvo donde se guardan los más bellos tesoros del mundo sin que a nadie pareciera importarle la niebla. Supongo (y entiendo) que están más preocupados con las decenas de tanques y blindados que hay en la puerta listos para partir a la cercana plaza de Tahrir.

Nos perdíamos por las calles y mercados callejeros y luego descansábamos en la ribera del Nilo donde almorzábamos en inmensos barcos restaurantes donde no había nadie. Empezábamos a entender que El Cairo se ha quedado sin turistas y hasta hay una cierta apatía en los vendedores ambulantes que dudan si ofrecerte una talla de la esfinge o un casco por si comienza el baile.

Una iglesia copta.

Así llegábamos a nuestro barrio, zona de la calle Talaat Harb, que cada noche se convertía en nuestro refugio del Cairo. Bajábamos al maravilloso café Riche, donde el fantasma de Mahfuz escribe aún versos en las servilletas que recitan cada noche los ancianos que allí cohabitan. O desayunábamos a primera mañana en el J Groppi, una vieja heladería de 1892 que hizo un pacto con el diablo para no mudar nada. O terminábamos tomando una copa en el bar Estoril, en su barra sin luz de ambiente canalla.

Ese era nuestro Cairo, ese trozo. Poco para su grandiosidad. Entonces decidimos irnos a ver las Pirámides de Giza ya que nuestros papeles se retrasaban. Y hay tanto dicho y escrito de este lugar que yo poco puedo aportar que no sea redundar en tanta palabra. Paralizan, magnetizan, emocionan... Nada se entiende porque este es otro de esos imposibles que contemplas a tientas. Miras y no crees.

La Gran Esfinge de Guiza.

Y luego decidimos ir a visitar en metro el bonito barrio copto del Cairo donde sus iglesias huelen a incienso y a alfombras añejas. Tierra de viejos cristianos que se desperdigan por esta vieja tierra (viven cerca de 10 millones de coptos en Egipto). Y ya decididos, mientras cambiaba nuestra relación con la urbe y su entorno, nos fuimos también a Memphis y Saqqara, donde está la pirámide de Zoser, la más antigua de Egipto que amenaza con derrumbarse, advierten los científicos, si sigue condenada al olvido.

También vimos las pirámides de Dahshur con el privilegio de ser las únicas personas que allí estaban y de poder andar solos por sus entrañas. Y tomábamos un té en el Marriott y comprábamos baratijas inservibles junto a la estación de tren. Y de pronto, ocho días después de nuestra llegada, sonó el teléfono y nos confirmaron que nuestro carnet du passage estaba en la embajada portuguesa que con tanta dedicación nos había ayudado junto al Club del Automóvil de Portugal. Y aquella noche salimos a celebrar que nos íbamos a Damietta a recoger nuestro coche y seguir el viaje.

Seguridad a la entrada del Museo Egipcio.

Y olvidamos la capa de polvo y tristeza que tiene el lugar y nos despedimos con la sensación de, al menos, haberlo empatado. Y así fue todo hasta que aquella mañana, temprano, desde la ventana del Golden Hotel vimos tanques colocándose en las inmediaciones de la plaza Tahrir y el dueño de la pensión nos dijo con los ojos apagados que «no hay solución para este país» y de alguna manera todo se hizo gris y partimos con una mezcla de alegría y tristeza.

    HOJA DE RUTA DAMIETTA - CAIRO


  • Kilómetros: 650 kilómetros en taxi y unas decenas a pie.
  • Paradas: Iskenderun / Goreme / Iskenderun / Haifa / Damiatta.
  • Dificultades: exigen el carnet du passage, que se debe sacar en el RACE en el caso de España o del Club del Automóvil de cada país correspondiente. Es un documento para cruzar fronteras que se exige ya en pocos países y que garantiza que el coche no está siendo importado al país sin pagar impuestos. Por otro lado, El Cairo es el mejor lugar para sacar los visados de Sudán y Etiopía. También conviene añadir que Egipto está en un periodo complicado internamente. Hay mucha presencia militar en las ciudades y carreteras y está habiendo problemas de ataques a puestos militares y policiales con cierta frecuencia. Hay numerosos controles policiales en las carreteras que generan grandes atascos. Hay también algunas manifestaciones, especialmente los viernes, en las grandes ciudades. En todo caso, siguiendo rutas oficiales el país parece que puede viajarse con cierta normalidad, aunque hay que tener algunas precauciones. El Sinai es el área más aconsejable de evitar.
  • Gastos: El visado de Sudán cuesta 100 dólares y el de Etiopía 30. Los taxis son muy baratos, un trayecto como el de Damietta-El Cairo (cerca de 300 kilómetros) cuesta en torno a 45 euros. Los hoteles están ahora sin clientes y hay muy buenas ofertas por internet que evitan las pesadas negociaciones. Los monumentos suelen costar entre 4 y 8 euros la entrada.

Fuente: elmundo.es

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